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Pipo y la Sonrisa Traviesa

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Portada de Pipo y la Sonrisa Traviesa
3-7 años 5 min

Pipo y la Sonrisa Traviesa

Una aventura de Halloween donde la amistad ilumina la noche.

Halloween amistad valentía diversión
Pipo, una calabaza redonda, en la entrada de una casa decorada para Halloween, con su sonrisa caída en el felpudo al atardecer.

¡Ah, qué noche tan redonda y anaranjada la de aquel Halloween! Nosotros, desde la ventana, veíamos las hojas danzar como duendes dorados. En la entrada de la casa de la abuela, Pipo, nuestra calabaza más gordita y gozosa, esperaba. Tenía una sonrisa tan grande y dulce como un trozo de pastel de calabaza, que pensábamos que sería la más feliz de todas. Pero, ¡ay!, justo cuando el sol se escondía con un último guiño rojizo, su sonrisa, de repente, ¡zasc!, se desprendió. Cayó con un suave plof sobre el felpudo, como una medialuna de queso recién horneada.

Un duendecillo travieso, con gorro puntiagudo y ojos chispeantes, que vivía escondido entre las hortensias, la vio. —¡Mmm, qué rico! —murmuró, y sin pensarlo dos veces, la recogió con sus manitas ágiles y se la llevó corriendo a su casa del árbol. Pipo, sin su boca, intentó gritar, pero solo pudo hacer un huff, huff silencioso. Se sentía tan redonda y tan vacía. ¿Cómo podría ser la calabaza más feliz sin su sonrisa? Entonces, con un ¡bum, bum! rítmico, Pipo empezó a rodar por el jardín, dejando un pequeño rastro de esperanza. ¡Rodaba y rodaba Pipo, la sonrisa se le escapó!

Pipo rodando por el jardín, sin boca, mientras un topo asoma y un pájaro trina, y un duendecillo travieso se esconde con su sonrisa.

Mientras Pipo rodaba y rodaba, con su cara lisa y un poco chafada, se encontró con Don Topo, que asomaba su nariz negra y brillante como una aceituna. Pipo hizo ruiditos y gestos con sus ojos tallados, intentando explicar su pena. Don Topo, que era muy sabio y observador, entendió. —¡A ver, a ver! —dijo Don Topo con voz grave—. ¿Una medialuna de queso, dices? ¡Eso suena a duendecillo! Y justo en ese momento, un Petirrojo, con pecho rojo como una cereza, trinó desde una rama: —¡Pío, pío! ¡Yo vi una sonrisa ir hacia el árbol más alto!

Con la ayuda del topo, que cavaba túneles cortos, y del pájaro, que volaba en círculos, Pipo siguió el rastro. Subimos por la senda de piedras, entre luciérnagas titilantes, hasta el viejo roble. Allí, asomando por una ventanita redonda de una casita en el árbol, estaba el duendecillo, mordisqueando... ¡la sonrisa de Pipo! Pero al vernos, y sobre todo al ver la cara triste y sin boca de Pipo, el duendecillo soltó la sonrisa. —¡Oh, lo siento! —chilló, con sus orejas puntiagudas y sonrojadas. —Pensé que era un pastelillo. Devolvió la sonrisa con un suave ¡clink!. Pipo, aunque aún no podía hablar, sintió un ¡pop! de alegría en su interior. ¡Rodaba y rodaba Pipo, la sonrisa se le escapó, pero ya regresó!

Pipo, la calabaza, feliz con su nueva y brillante sonrisa tallada por la abuela, rodeado de luces de Halloween en el porche.

Corrimos de vuelta a la entrada, justo cuando la abuela encendía las velas de las otras calabazas. Pipo, con su sonrisa de nuevo en su lugar (aunque un poco mordisqueada), estaba radiante. La abuela, con sus gafas en la punta de la nariz, la vio. —¡Pipo, mi calabaza valiente! —dijo con una risa suave como el susurro del viento. Con su cuchillo especial, le talló una nueva sonrisa, ¡más grande y brillante que nunca! Y así, Pipo, la calabaza redonda y feliz, aprendió que la amistad es como una luz cálida: siempre nos devuelve la alegría, incluso en la noche más oscura. Y nosotros, con Pipo, celebramos el Halloween más ¡divertido y brillante! que jamás hayamos visto.

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?