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El Baile de Cleta y el…

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Portada de El Baile de Cleta y el Polvo Fino
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El Baile de Cleta y el Polvo Fino

Descubriendo que cada cerda suave tiene un propósito especial.

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Cleta la escoba con cerdas suaves, mirando triste unas astillas grandes en un taller.

En el ruidoso taller de Don Ramón, nosotros, las cerdas de Cleta, nos sentíamos un poco tristes. Éramos tan suaves, tan sutiles, que las astillas grandes de madera siempre se nos escapaban. ¡Ay, ay, ay! ¿Qué haremos si no podemos barrer? nos preguntábamos, viendo a otras escobas más fuertes llevarse los grandes montones. Pasábamos los días, observando el polvo perezoso que se pegaba a los rincones, pero las grandes tareas no eran para nosotras.

Cleta la escoba, curiosa, mira una maqueta de madera cubierta de polvo fino.

Un día, Don Ramón estaba muy concentrado, trabajando en unas maquetas pequeñas, delicadas y detalladas. Nosotros, desde nuestro rincón, curioseábamos. Vimos cómo, al lijar, un polvo finísimo cubría sus preciosas creaciones. ¿Cómo lo quitaría? Nosotras, con nuestras cerdas suaves, nos sentíamos demasiado frágiles para ayudar en algo tan importante. ¿Sería posible que tuviéramos un propósito especial?

Don Ramón, el carpintero, sonriendo mientras levanta con cuidado a Cleta la escoba.

El carpintero, con una sonrisa cálida y calmada, se acercó a nosotras, a Cleta. Nos sentíamos un poco nerviosas. ¿Nos regañaría por no ser más robustas? ¡Ay, ay, ay! ¿Qué haremos si no podemos barrer? pensábamos, sintiendo un cosquilleo de incertidumbre. Don Ramón tomó a Cleta con delicadeza y la miró con ojos brillantes.

Cleta la escoba, feliz, limpiando suavemente una maqueta de madera, guiada por Don Ramón.

—¡Ah, Cleta! —dijo Don Ramón con dulzura—. Eres justo lo que necesito para estas pequeñas maravillas. Tus cerdas, tan suaves, son perfectas para quitar el polvo más fino sin dañar mis maquetas. —Y así, con movimientos ligeros y lentos, Cleta bailó sobre las maquetas, limpiando cada partícula de polvo. Descubrimos que nuestras cerdas, que creíamos inútiles, eran en realidad un tesoro invaluable.

Cleta la escoba, orgullosa y feliz, junto a una maqueta de madera limpia, con Don Ramón sonriéndole.

Una oleada de gratitud nos invadió. ¡Qué alegría! No éramos para las astillas grandes, ¡pero éramos las mejores para el polvo suave y sutil! Cleta, la pequeña escoba, ahora se sentía orgullosa y feliz, sabiendo que cada uno tiene un talento único y un lugar especial donde brillar. Y así, con un canto rítmico de cepilladas, el taller se llenó de una dulce melodía de trabajo bien hecho y amistad sincera.

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?