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Nuez y el Misterio del Roble…

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Portada de Nuez y el Misterio del Roble Radiante
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Nuez y el Misterio del Roble Radiante

Descubre cómo la creatividad y la magia del sol pueden resolver cualquier problema.

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Nuez, una ardilla, frustrada y cavando en la tierra mientras otros la observan.

Yo era Nuez, una ardilla pequeña pero con un gran problema: siempre, siempre, siempre olvidaba dónde enterraba mis bellotas. ¡Ay, ay, ay, qué desastre! Cavaba y cavaba, ¡rasca, rasca, rasca!, pero mis preciadas provisiones se perdían en la tierra húmeda. Mis amigos, los demás animalitos del parque, a veces se reían con cariño. —¡Nuez, Nuez! —decían—, ¡otra vez buscando tus bellotas perdidas! Yo solo movía mi cola peluda, un poco triste, un poco frustrada. Necesitaba una solución para no pasar hambre en invierno, o mis bellotas se quedarían para siempre bajo las ramas retorcidas del viejo sauce.

Nuez, la ardilla, organizando bellotas de colores alrededor de las raíces de un roble.

Un día, después de otro intento fallido, me senté bajo las raíces robustas de un roble anciano y sabio. Sus hojas susurraban secretos al viento. Miré las bellotas que me quedaban, ¡eran de colores curiosos! Algunas eran marrones oscuras, otras casi rojizas, algunas incluso con puntitos amarillos. —Hmmmm, —pensé, —si las organizo por colores, ¿quizás el sol me ayude? Y así, y así, y así empecé a colocarlas con mucho cuidado alrededor de las raíces, como un arcoíris en el suelo. Esperé la mañana siguiente con el corazón latiendo fuerte. Cuando el primer rayo de sol tocó una bellota rojiza, ¡Titilín! un suave brillo la envolvió, recordándome exactamente el día que la escondí. ¡Funcionó!

Nuez mostrando sus bellotas mágicas y un botón a sus amigos ardillas, con una sonrisa.

¡Era un milagro! Cada mañana, el sol de oro iluminaba mis bellotas. Cuando tocaba una marrón, ¡Titilán! sabía que era del martes pasado. Si brillaba una con puntitos, ¡Titilón! era la del jueves. Siempre supe, siempre supe dónde estaban mis bellotas bien guardadas. Mis amigos no podían creerlo. —¡Nuez, Nuez! —gritaban, —¡cuéntanos tu secreto! Yo solo guiñaba un ojo, sonriendo, y les ofrecía una deliciosa bellota. La magia del sol y los colores me había salvado, y desde ese día, nunca más perdí una. ¡Incluso una vez encontré un brillante botón de chaqueta debajo de una bellota morada que no recordaba haber enterrado! ¡Qué sorpresa tan divertida!

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?