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La Cuchara Bailarina y el Remolino…

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Portada de La Cuchara Bailarina y el Remolino de Alegría
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La Cuchara Bailarina y el Remolino de Alegría

Incluso lo más pequeño puede crear la danza más grande.

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Helado, la cuchara de madera, en un vaso de picnic, observando hormigas.

Nosotros conocimos a Helado, una cuchara de madera muy especial, que no era de helado, ¡sino una cuchara para helado! Un día soleado, nos quedamos olvidados en un vaso de picnic de color verde chillón, abandonado en el parque. El sol nos calentaba la punta y nos sentíamos un poco solos, mirando las hormigas que pasaban marchando, marchando por la hierba. Pensamos: "¡Qué aburrida es la vida de una cuchara sin helado que rascar!"

De repente, una ráfaga de viento ¡Fruuu-fruuu! sopló con ganas, y el vaso comenzó a girar un poquito. Nosotros, Helado, nos sentimos un poco tambaleantes. "¡Ay, qué mareo de ideas!", pensamos. ¿Qué era ese bamboleo? El viento nos susurraba: «¡Gira, gira, gira!». Al principio, nos dio un poco de cosquillas de miedo, pero luego la curiosidad nos picó como un mosquito juguetón.

Helado girando en el vaso mientras las hojas secas se elevan.

Con cada giro suave, la base del vaso rozaba el suelo, ¡y oh, sorpresa mágica! Pequeñas hojas secas, crujientes y doradas, empezaron a levantarse y a bailar a nuestro alrededor. Nosotros girábamos y ellas giraban más. Un pequeño escarabajo ¡Cric-cric! se acercó, luego una mariquita ¡Plic-plac! aterrizó cerca.
—¿Qué es este remolino rítmico? —parecía preguntar el escarabajo.
—¡Es la danza del viento y las hojas! —les contestamos con un ¡Gira que te gira, qué maravilla!

Helado dirigiendo una alegre danza de hojas e insectos.

Pronto, más insectos ¡Zumb-zumb! llegaron, formando un público diminuto y entusiasmado. Nosotros, Helado, nos convertimos en el director de orquesta de esa fiesta de hojas. La alegría nos invadió de la punta a la base. Ya no éramos solo una cuchara olvidada, ¡éramos el corazón de un baile improvisado y fabuloso! Cada vez que el viento nos hacía girar, sentíamos una valentía chispeante, una alegría contagiosa que nos hacía movernos con más ganas.

Así fue como descubrimos que incluso en un vaso olvidado, con un poco de viento y mucha chispa, podíamos crear algo maravilloso. Cuando el sol se fue a dormir, el baile terminó, pero nosotros, Helado, nos quedamos con una gran sonrisa de madera. La moraleja, amigos míos, es que la alegría y la valentía están en encontrar la magia en lo más simple, y que a veces, lo que parece un final ¡es el principio de una nueva y tierna aventura!

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?