S

Kina y la Melodía del Atardecer

1/5
Portada de Kina y la Melodía del Atardecer
5-6 años 4 min

Kina y la Melodía del Atardecer

Una pequeña nota musical descubre el poder de la amistad y la diversidad en una playa mágica.

cooperación diversidad amistad objetos animados sueños
Kina, una pequeña nota musical, volando hacia una playa mágica al atardecer.

Yo soy Kina, una diminuta nota musical, apenas más grande que una pestaña. Mi hogar es un pentagrama, pero esa tarde, una suave brisa de sueño me llevó a una playa mágica al atardecer. ¡Qué colores! Naranjas, rosas y violetas se mezclaban en el cielo, y la arena brillaba como polvo de estrellas. Me sentía ligera, aunque si volaba muy alto, mi cabeza daba vueltas un poquito. ¿Había algo más hermoso que este lugar? Allí, a lo lejos, vi formas curiosas: una concha de caracol muy silenciosa, una piedrecita redonda que parecía dormida, y un trozo de madera que se estiraba. Sentí una curiosidad enorme y un pequeño impulso. Con un suave aleteo, empecé a bajar, emitiendo mi pequeña melodía: Tlin-tlin.

Kina, la nota musical, conversando con una concha de caracol en la playa.

Mi viaje hacia las formas dormidas fue un paseo de descubrimiento. A cada paso, o más bien, a cada aleteo, la playa me mostraba algo nuevo. La primera fue la concha de caracol. Se veía triste. Me acerqué, volando en círculos alrededor de ella. — ¿Estás bien? — pregunté, y mi melodía sonó: Tlen-tlen. La concha suspiró: — Quisiera tener un sonido, como las olas, pero estoy vacía —. Le prometí que encontraría su voz. Más adelante, encontré una piedra lisita que siempre rodaba en la misma dirección y un trocito de cristal de mar que se sentía invisible. Les di un toque de mi melodía — Tlon-tlon, Tlan-tlan — y, ¡mágicamente!, la piedra rodó en otra dirección, y el cristal brilló con un suave color. En total, mi música despertó a trece pequeños reflejos de colores distintos en la arena y el agua, cada uno con su propia chispa.

Kina y sus nuevos amigos objetos de playa, celebrando juntos al atardecer.

Con mi corazón contento y la promesa en mi mente, me reuní con todos. La concha, la piedrecita, el cristal, y otros diez objetos más —una pluma de gaviota, un trozo de alga, un palito, un diminuto trozo de coral...—, todos éramos diferentes, pero juntos éramos un pequeño equipo. — ¡Es hora de que la concha tenga su sonido! — les dije. Cada uno se movió un poquito, el palito se inclinó, la pluma se meció, el alga se estiró, creando un suave coro de pequeños ruidos de playa. Yo volé por encima, tejiendo mi melodía: Tlun-tlun, Tlip-tlep, ¡y finalmente, Tlón-Tlón! La concha, antes silenciosa, emitió un suave y hermoso eco, como un susurro del mar. ¡Mi promesa se había cumplido! Nos reímos todos, nuestros sonidos únicos mezclándose con el último rayo de sol. Esa noche, la playa durmió con una nueva melodía, una melodía hecha de amistad y diversidad, y yo sabía que no estaría sola.

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?