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Jengibrín y la Chispa Mágica

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Portada de Jengibrín y la Chispa Mágica
5-6 años 4 min

Jengibrín y la Chispa Mágica

La pequeña galleta que encendió la alegría de todos con su gran corazón.

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Jengibrín, una galleta de jengibre con forma de estrella, mirando a los niños jugar desde la bandeja.

Yo era Jengibrín, una galleta de jengibre con forma de estrella, la más pequeña de todas en la bandeja de la cocina. Mis hermanos galleta, todos redondos y cuadrados, se reían de mis patitas cortas. Desde mi lugar, observaba a los niños correr y jugar, y cada vez que uno tomaba una galleta, escuchaba un suave ¡Ñam! y veía sus ojos brillar, pero no siempre con la misma intensidad. ¿Sería que algunas galletas eran más... especiales?

Jengibrín, una galleta de jengibre, intentando saltar cómicamente en la bandeja mientras otras galletas lo miran.

Un día, la Abuela Margarita, con su delantal lleno de harina, nos contó un secreto mientras nos ponía en fila. —La primera galleta que un niño prueba —dijo con un guiño—, esa tiene el poder de encender una chispita de alegría que hace que todas las demás sepan aún más mágicas. ¡Y vaya que yo quería encender esa chispa! No solo por mí, ¡sino por mis hermanos! ¿Cómo iba a ser yo, la más torpe, la primera?

Ahí empezó mi gran aventura. Cada vez que la mano de un niño se acercaba, yo intentaba estirarme, moverme, ¡hacer piruetas! Una vez, casi me caigo de la bandeja con un ¡Clonc!, y mis hermanos galleta me miraron con ojos de asombro. —Jengibrín, ¿qué haces? —me preguntó Galletón, la galleta más grande y sabia—. —Quiero ser el primero —le respondí con un susurro, mientras me enderezaba, un poco cubierto de azúcar glass—. Quería que la alegría de los niños fuera tan grande que todas nuestras galletas, incluso las más tímidas, brillaran. ¡Pero la mano siempre elegía a otro! ¡Ñam-ñam!, escuchaba, y sentía un poquito de tristeza.

Jengibrín es tomado por la mano de un niño sonriente, y las otras galletas brillan mágicamente en el fondo.

No me di por vencido. Practiqué pequeños saltitos en mi lugar, como un bailarín secreto. Mis patitas de jengibre se cansaban, pero mi corazoncito de galleta no. Y entonces, llegó el momento. Un niño, con el pelo alborotado y una sonrisa traviesa, se acercó a la bandeja. Estiró la mano, dudó un segundo, y justo cuando iba a elegir a Galletón, yo, con todas mis fuerzas, di un último y gigante saltito. No fue muy elegante, de hecho, casi me desparramo, pero ¡logré quedar justo frente a sus dedos!

El niño me vio, soltó una risita contagiosa y dijo: —¡Mira, esta galleta quiere ser la primera!— Y con un ¡Ñam-ñam-ñam!, me probó. Fue un instante mágico. Sentí una energía cálida salir de mí y volar hacia su corazón. Sus ojos se abrieron enormes de alegría. Luego, tomó otra galleta, y luego otra, y cada una era un ¡Mmm, qué rico! más fuerte que la anterior. Mis hermanos galleta me miraron con una sonrisa. Había encendido la chispa, y ahora, cada mordisco era una explosión de felicidad para ellos también. ¡Yo, Jengibrín, había transformado la bandeja en un festival de sabor!

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?