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El Sombrero Risitas y sus Grandes…

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Portada de El Sombrero Risitas y sus Grandes Caídas
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El Sombrero Risitas y sus Grandes Caídas

Un sombrero que descubre la alegría de ayudar en cada caída.

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Sombrero Risitas, un sombrero sonriente, cae de un perchero y protege a una mariquita de un zapato.

Yo era Sombrero Risitas, un sombrero de ala ancha y un poco despistado. Vivía feliz en el perchero de una casa ruidosa, ¡pero qué vida tan movida! Cada vez que alguien estornudaba fuerte, ¡achís!, yo salía volando con un ¡Plof! y caía al suelo. —¿Para qué sirvo yo si siempre me caigo? —me preguntaba con un suspiro, mientras me sacudía el polvo. Me sentía un poco inútil, ¿no te parece?

Un día, la Abuela Elena dio un estornudo tan grande que me hizo dar tres volteretas en el aire. ¡Rodando, rodando, llegué a un nuevo lado! Aterricé con un suave chasquido justo al lado de una pequeña mariquita que, ¡oh, cielos!, estaba a punto de ser aplastada por el zapato del Abuelo. Me abrí un poquito y le ofrecí mi sombra protectora. La mariquita, muy agradecida, me miró con sus ojitos negros. —¡Gracias, Sombrero Risitas! ¡Me salvaste de un gran zapato! —gorjeó, y siguió su camino.

Sombrero Risitas desvía una ramita para proteger a una hormiguita que lleva un trozo de pan.

Pero mi aventura no terminó ahí. Al rato, un perrito travieso que pasó corriendo me hizo rodar otra vez. ¡Rodando, rodando, llegué a un nuevo lado! Esta vez, caí cerca de una ramita seca que se balanceaba peligrosamente sobre una pequeña hormiguita. ¡Pobre hormiguita! Llevaba un trozo de pan gigante, y la ramita iba a caerle encima. Rápido, con una de mis alas, desvié la ramita. —¡Qué susto! ¡Gracias, gran sombrero, por tu sombra protectora! —dijo la hormiguita, alzando su trozo de pan como una bandera.

Sombrero Risitas está felizmente en la cabeza de la Abuela Elena, protegiéndola del sol en el jardín.

Luego, la Abuela Elena, que buscaba sus gafas, dio un ¡ACHÍS! ¡El más ruidoso de todos! Salí despedido como un cohete, dando vueltas y más vueltas. Sentí el viento silbar en mis costuras, y pensé: "¿Adónde iré esta vez?". Y ¡plaf! Aterricé suavemente, ¡pero qué sorpresa!, justo en la cabeza de la Abuela Elena. Ella iba a salir al jardín, ¡y el sol brillaba muy fuerte! Sentí el calor del sol en mi ala y me di cuenta de que la estaba protegiendo. ¡Qué sensación más cálida y cómoda! ¡Un cosquilleo de pura alegría me recorrió!

La Abuela Elena sonrió y se ajustó mi ala. —¡Oh, mi Sombrero Risitas! Justo lo que necesitaba para el sol —dijo, y su voz era tan dulce como la miel. En ese momento, lo entendí todo. Mi verdadera alegría no era solo caer, sino ayudar en cada caída. Ahora, cuando escucho un estornudo, ya no tengo miedo. Sé que, ¡rodando, rodando, siempre llego a un nuevo lado, con una nueva misión de alegría! Y Sombrero Risitas, el que se caía, ahora es el Sombrero que salva y protege con una sonrisa en cada brinco.

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?