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El Gallo que Soñaba con la…

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Portada de El Gallo que Soñaba con la Luna
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El Gallo que Soñaba con la Luna

Cuando la noche ilumina tu verdadero yo.

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Piquifino, un gallo muy flaco, estirando sus alas bajo el sol, soñando con volar de noche.

Nosotros, los animales del corral, siempre supimos que Piquifino era diferente. Era un gallo tan, tan flaco, ¡que parecía una ramita con plumas! El viento, juguetón y travieso, casi lo doblaba como a un tallo de hierba cada vez que soplaba fuerte. Pero Piquifino no soñaba con gusanos ni con el sol mañanero. No, ¡Piquifino soñaba con la noche!
—¡Ay, la noche, qué misterio, qué volar! —susurraba él, mirando las sombras danzar. Él quería ser un murciélago, volar bajo la luna plateada y no tener que cantar al amanecer. ¡Ni un solo "kikirikí" antes de que el sol asomara!

Piquifino colgado boca abajo de una rama, con sus alas manchadas de mora, en un intento divertido de ser murciélago.

Piquifino probó de todo para alcanzar su anhelo. Primero, se colgó de cabeza de la rama más baja del viejo roble, como si fuera un calcetín colgado a secar. ¡Qué mareo! Sus patitas flacas se movían como hélices desorientadas, y nosotros reímos con cariño. Luego, pintó sus alas con jugo de moras, esperando que se volvieran oscuras y misteriosas como la noche misma. Pero las moras solo le dejaron unas manchitas pegajosas y dulces. Y por último, intentó dormir boca abajo, acurrucado en su nido, pero se caía y se despertaba con un pequeño '¡oof!' cada vez.
—¡Ay, la noche, qué misterio, qué volar! —repetía Piquifino, sin rendirse, aunque sus intentos eran un puro disparate.

Piquifino, el gallo, cantando su 'Kikirilunaaa' bajo una luna brillante, rodeado de luciérnagas, celebrando su singularidad.

Una noche, cuando la luna estaba redonda y brillante como un botón de perla en el terciopelo oscuro del cielo, Piquifino estaba sentado, triste, pensando que nunca sería como los murciélagos. De repente, una ráfaga de viento suave, casi un susurro, le revolvió las plumas. Y sin querer, de su garganta salió un sonido. No era un 'kikirikí' de día, ¡era un '¡Kikirilunaaa!'! fuerte y claro, que se elevó entre los luceros. La luna pareció brillar aún más, y las luciérnagas, como pequeñas chispas de alegría, danzaron a su alrededor. Piquifino no voló, pero su canto nocturno era tan único, tan suyo, que llenó el corral de una magia diferente, una magia muy especial.
—¡Ay, la noche, qué misterio, qué cantar! —exclamó Piquifino, su corazón ligero como una pluma. Desde aquella noche, Piquifino se convirtió en el gallo más original del corral. Nos enseñó que no hay necesidad de cambiar para brillar, ¡solo hay que encontrar tu propia canción, aunque sea bajo la luna! Y cada vez que la noche se hacía profunda, Piquifino nos regalaba su '¡Kikirilunaaa!', un canto dulce y especial que nos recordaba la alegría de ser nosotros mismos.

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?