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Silu y el Huerto Curioso

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Portada de Silu y el Huerto Curioso
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Silu y el Huerto Curioso

La curiosidad nos guía a grandes descubrimientos y nos ayuda a reír de los miedos.

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Silu, una chispa de curiosidad, flotando en un huerto escolar al amanecer.

Yo, la mariquita Pinta, volaba sobre el huerto escolar, un lugar donde el aire olía a menta y a fresas dulces. Allí conocí a Silu, una pequeña chispa de curiosidad. Silu no era como una abeja zumbadora o una mariposa danzarina; era una esferita iridiscente, como una burbuja de jabón que atrapaba los colores del sol. Sus ojitos, siempre muy abiertos, brillaban con una luz suave, y sus alitas transparentes aleteaban sin hacer ruido, dejando tras de sí un caminito de polvo de estrellas. Cada mañana, Silu se despertaba lista para explorar, ¿qué nuevo secreto escondería el huerto hoy?

Silu flotando en una encrucijada del huerto, dudando qué camino tomar.

Esa mañana, un aroma aún más dulce que de costumbre flotaba entre las hojas. Era un olor nuevo, tentador, que bailaba en el aire como una invitación. Silu, que llevaba su invisible gorrito de la valentía, sintió un cosquilleo en sus pequeñas alitas. El camino se dividía en dos: uno iba hacia las altas y verdes plantas de maíz, y el otro se adentraba en la sombra fresca de unas grandes hojas redondas. Silu se detuvo un instante, flotando de un lado a otro. “Ay, ay, ay, ¿y si me equivoco?”, murmuró, sus ojos curiosos parpadeando como luciérnagas. ¿Cuál de los dos secretos sería el más maravilloso?

Silu se acerca con cautela a una araña dormida que ronca graciosamente.

Con un pequeño giro, Silu eligió el camino de las grandes hojas, atraída por el dulce misterio que se escondía debajo. Pero, ¡oh, sorpresa!, al adentrarse en la penumbra, una sombra gigante se movió de repente. Era una araña, pero no una araña cualquiera; esta dormía profundamente, con una patita estirada que parecía una viga. Silu sintió un miedo pequeñito, como una pizca de cosquillas en su barriguita. Volvió a dudar: “Ay, ay, ay, ¿y si me equivoco y esta sombra me come?”. Pero entonces, la araña soltó un ronquido tan gracioso que parecía una orquesta de tambores diminutos.

Silu ríe y encuentra una fresa roja y un gusanito amigo bajo una hoja.

El ronquido de la araña hizo que las hojas vibraran un poquito, y Silu no pudo evitar soltar una risita suave, disipando su miedo como si fuera una nube de vapor. Se acercó un poco más, con sus ojitos brillantes de curiosidad. Y allí, escondida bajo el refugio de la hoja, encontró la fuente del aroma: una fresa, grande y rojita como un pequeño corazón, esperando ser descubierta. Un gusanito verde asomó su cabeza de la fresa y, con una vocecita amigable, dijo: —¡Hola, pequeña Silu! ¡Qué bien que encontraste mi dulce hogar! ¿No es divertido descubrir tesoros?

Silu flota feliz en el huerto al atardecer, habiendo superado su miedo.

Silu asintió con sus alitas, una sensación cálida llenando su esferita. Había superado su pequeño susto y había encontrado una nueva amiga y un rincón de pura alegría en el huerto. El aroma dulce de las fresas, que ahora sabía de dónde venía, la envolvió como un abrazo. Cada sendero, cada sombra, cada pequeño encuentro guardaba una sorpresa especial. Y así, con el sol de la tarde pintando el cielo de colores pastel, Silu comprendió que la curiosidad no solo nos lleva a lugares nuevos, sino que también nos ayuda a encontrar la valentía para reírnos de nuestros propios miedos, grandes o pequeños.

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?