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Rolo y la Nana del Bosque

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Portada de Rolo y la Nana del Bosque
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Rolo y la Nana del Bosque

Un pequeño acto de bondad puede traer grandes sueños.

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Rolo, un osito dormilón, entra a su cueva.

Iba yo, Rolo, el osito más dormilón del bosque, arrastrando mis patitas hacia mi cueva. El invierno se asomaba y mi cuerpo pedía a gritos un largo y dulce sueño. Mi cueva, con sus paredes de tierra suave y un lecho de hojas secas, me esperaba como un abrazo cálido. Me acurruqué, sintiendo el placer de cerrar los ojos, cuando de pronto, escuché un suave ¡crac! afuera. Mi oreja se movió. ¿Qué sería eso?

Rolo ayuda a Ardilla Saltarín junto a un riachuelo.

—¿Quién anda ahí? —pregunté con voz de bostezo. El bosque respondió con un ¡susurrooo! del viento entre las ramas desnudas. Me asomé, mi nariz oliendo el aire fresco. Vi a Ardilla Saltarín, con sus mejillas hinchadas, tratando de mover una pequeña rama caída que bloqueaba el camino hacia su escondite de nueces. La ramita era demasiado pesada para ella sola.

—¡Oh, Rolo! —exclamó Ardilla—. ¡Ayúdame, por favor!

—¿Una ramita? —murmuré, casi volviendo a la cueva. Pero algo en su mirada nerviosa me detuvo.

Rolo observa el riachuelo, ahora limpio y fluyendo libremente.

Con un gran esfuerzo, empujé la rama. ¡Puuuf! Se movió. Ardilla Saltarín chirrió de alegría. Mientras ella pasaba, mi mirada se posó en un pequeño riachuelo. Normalmente, su agua cantaba un ¡glu-glu-glu! alegre, pero hoy estaba… quieto. Me acerqué y vi: uno, un montoncito de musgo seco; dos, unas hojas viejas; y tres, una pequeña piedra, todos formando una barrera que impedía al agua fluir libremente. El riachuelo parecía triste.

Mi corazón, aunque somnoliento, sintió una punzada. Si el agua no fluía, los pequeños peces y las ranas no tendrían su hogar limpio. Me agaché, y con mis patitas grandes, con cuidado, quité el musgo, luego las hojas, y finalmente empujé la piedra. El agua, con un jubiloso ¡shhh-glu-glu!, volvió a correr, llevando consigo un pequeño mensaje de gratitud. El bosque me llamaba, y mi corazón sabía que cada pequeña acción cuenta.

Miré el bosque, que ahora parecía más tranquilo bajo la luz de la luna. Había sido un día inesperado para un osito que solo quería dormir. La valentía de salir de mi cueva, de ayudar a mis amigos y al riachuelo, me había llenado de una calma diferente. Finalmente, regresé a mi lecho de hojas. El aire era frío, pero mi corazón estaba cálido. Me acurruqué, y esta vez, el sueño vino sin interrupciones, con la dulce melodía del riachuelo y el susurro del viento como una nana.

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?