S

Nara y el Bosque de las…

1/5
Portada de Nara y el Bosque de las 29 Maravillas
7 años 5 min

Nara y el Bosque de las 29 Maravillas

Descubre que cada elección es una pequeña aventura.

imaginación elecciones aventura bosque curiosidad amistad superación
Nara, una colibrí-ratón, se asoma desde un árbol gigante en un bosque mágico.

Nosotros, que éramos como un susurro del viento, despertamos con Nara, nuestra pequeña Curiosidad personificada. Ella era una criatura singular: un colibrí-ratón con suaves orejitas lavanda y alas diminutas que vibraban como luciérnagas. Llevaba siempre su sombrerito explorador y una minúscula mochila azul, lista para cualquier aventura. Cada mañana, en el Bosque Susurrante, donde los árboles eran gigantes amables y las flores alfombras de terciopelo, Nara nos invitaba a buscar lo invisible. —¡Mira allí! —nos gorjeaba, y nosotros, con ella, nos asomábamos, nuestros ojos brillando como veinte estrellas.

Nara frente a dos caminos en el bosque, mientras Don Tejo, un tejón sabio, la observa.

Hoy el sol se filtraba entre las hojas, pintando el suelo con motitas doradas. Había dos senderos ante nosotros, cada uno prometiendo un secreto. —Nara, ¿qué hacemos? —le preguntamos, aunque sabíamos que su corazón siempre elegiría la novedad. Un camino se extendía, cubierto de musgo suave como una nube, invitando a saltar. El otro, un poquito más oscuro, brillaba con flores de rocío que parecían pequeñas joyas. ¿Y nosotros? ¿Qué camino elegimos? ¿El sendero cubierto de musgo suave o el que brilla con flores de rocío? Nosotros, siguiendo el impulso mágico de Nara, decidimos ir por el de las flores.

Mientras avanzábamos por el sendero rociado, cada paso era una chispa de descubrimiento. Encontramos uno, un hongo de sombrero rojo brillante, como una seta de cuento. Luego, dos, un nido de pájaros vacío, suave como el algodón. Y, finalmente, tres, una pequeña fuente burbujeante que cantaba glu-glu-glu. Nos topamos con Don Tejo, un sabio tejón con lentes que siempre sabía dónde encontrar las mejores moras. —¡Buenos días, Nara! ¿Encontrando las 29 maravillas del bosque? —nos dijo con una sonrisa. Nara asintió con sus orejitas, susurrándonos: —Aún no, ¡pero casi!

Nara riendo alegremente al ver una ardilla enredada en el bosque al atardecer.

De repente, una sombra veloz cruzó nuestro camino, acompañada de un ruido extraño: ¡Swoosh, Plop! Nara, que era valiente pero un poquito asustadiza, se escondió detrás de nosotros, temblando como una hoja al viento. —¿Qué fue eso? —nos gorjeó con un hilo de voz. Nosotros nos asomamos, con el corazón latiéndonos tum-tum-tum. Y allí estaba: no un monstruo, sino una ardilla traviesa que intentaba atrapar una nuez gigante, ¡y se había enredado con su propia cola! La ardilla, patas arriba, nos miró con ojos redondos, como dos canicas. —¡Jijijí! —reímos todos, aliviados y divertidos. El miedo se había ido, desvaneciéndose como el humo.

El día terminaba, y los rayos del sol se teñían de naranja y rosa. Aunque no habíamos encontrado las 29 maravillas completas en un solo día, habíamos descubierto algo aún mejor: que la curiosidad y el valor se alimentan de cada pequeña elección. Nara, con su sombrerito un poco torcido, nos miró con sus ojos brillantes, prometiéndonos más aventuras. Y nosotros, acurrucados con ella, sabíamos que mañana, al despertar, el Bosque Susurrante nos esperaría con infinitos caminos y nuevas sonrisas. Porque cada día, con Nara, es un regalo lleno de magia.

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?