Un día, Apolo, el dios del sol, notó algo especial. Los rayos de su carro, que siempre fueron rectos, ¡ahora querían bailar! Se estiraban, se curvaban... ¡tejían formas doradas y suaves!
Cuando el sol y la música bailan juntos.
Un día, Apolo, el dios del sol, notó algo especial. Los rayos de su carro, que siempre fueron rectos, ¡ahora querían bailar! Se estiraban, se curvaban... ¡tejían formas doradas y suaves!
Con una sonrisa en el rostro, Apolo levantó su lira dorada. Sus dedos rozaron las cuerdas con delicadeza, y una melodía suave y cristalina comenzó a llenar el aire. Cada nota era como un pequeño susurro que invitaba a la luz a moverse.
Y, ¡qué maravilla! Cada nota de su lira se convertía en una estrella fugaz. Estas pequeñas luces brillantes volaban por el cielo, invitando a las nubes a unirse a un vals celestial. Las nubes, suaves y ligeras, comenzaron a girar con gracia.
Así, el firmamento se llenó de un baile de destellos juguetones. Las formas doradas de los rayos se entrelazaban con las nubes danzarinas, creando un espectáculo luminoso y lleno de magia. Apolo miraba, satisfecho, cómo el cielo se transformaba en un poema de luz y movimiento.
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