Casper era un oso polar tan blanco, ¡tan esponjoso!
—¡Mira, mira! —pensaba Casper—. ¡Casi nadie me ve en la nieve!
Solo sus ojitos negros, como dos botoncitos, decían: “¡Aquí estoy!”.
Un oso polar que juega a las escondidas... ¡consigo mismo!
Casper era un oso polar tan blanco, ¡tan esponjoso!
—¡Mira, mira! —pensaba Casper—. ¡Casi nadie me ve en la nieve!
Solo sus ojitos negros, como dos botoncitos, decían: “¡Aquí estoy!”.
Un día, nevaba mucho, ¡mucho!
—¡A jugar a las escondidas! —decidió Casper, muy contento.
Intentó esconderse, pero ¡oh, sorpresa!
—¿Dónde están mis patitas? —murmuró, mirando al suelo donde antes las veía.
Sus patas y su nariz empezaban a desaparecer en la nieve.
¡Puf! De repente, ¡solo quedaron sus ojos!
—¡Guau! —dijo Casper, con los ojos muy abiertos.
Sus dos ojitos negros flotaban en el aire, parpadeando.
—¿Soy yo? ¿O no soy yo? —pensó, con la cabeza hecha un lío.
Casper intentó buscarse a sí mismo.
—¿Dónde está mi nariz? ¿Y mi barriga?
Se movía con cuidado, ¡zas!, y de repente,
—¡Aaah! —se asustó—. ¡Mi pata! ¡Aquí estás!
¡Qué gracia le hizo encontrar sus propias partes!
¡Achís! Casper estornudó con mucha fuerza.
¡Y pum! ¡Ahí estaba otra vez, completo!
—¡Jajaja! —rió Casper—. ¡Qué juego tan divertido!
Se había encontrado a sí mismo. ¡Qué oso tan juguetón!
¿Qué aventura leemos ahora?
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