Dionisio, el dios de la diversión, quería una nueva danza. Buscaba el ritmo más alegre de todo el Olimpo. Al intentar una pirueta, ¡zas!, derramó un poquito de su néctar mágico sobre un campo de uvas.
Un baile de risas y rebotes en el Olimpo
Dionisio, el dios de la diversión, quería una nueva danza. Buscaba el ritmo más alegre de todo el Olimpo. Al intentar una pirueta, ¡zas!, derramó un poquito de su néctar mágico sobre un campo de uvas.
¡Oh, sorpresa! Las uvas no se pusieron más dulces. ¡No, señor! Empezaron a ¡pum-pum! rodar y a ¡brin-brin! brincar. Por todo el monte, las uvas saltaban sin parar.
Las uvas, con sus caritas sonrientes, persiguieron a Dionisio. ¡Ja, ja, ja! reían las uvas, saltando y girando. Era un torbellino de risas que lo invitaba a unirse.
Dionisio no pudo resistir. —¡Qué divertido!— exclamó, y se unió a las uvas. Bailaron y rieron juntos, haciendo del monte una fiesta de saltos y alegría sin fin.
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