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Patilargo y el Sauce Curioso

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Portada de Patilargo y el Sauce Curioso
3-4 años 3 min

Patilargo y el Sauce Curioso

Descubrir talentos ocultos es una aventura sorprendente.

imaginación autoestima naturaleza
Patilargo, el ñandú, intenta ver sobre la hierba para ayudar a un gauchito triste.

Yo soy el viejo Sauce Llorón, y he visto muchas cosas aquí en la estancia. Conozco a Patilargo, el ñandú más veloz de todo el campo uruguayo. Él pensaba que solo sabía correr, como un viento que susurra: siii, siii. Sus largas patas eran como zancos gigantes, perfectos para la carrera. Un día, el gauchito Martín perdió su camioncito rojo cerca del arroyo. El pobre Martín buscaba y buscaba. Patilargo, viendo la tristeza, sintió un pálpito. Intentó ayudar, estirando un poquito su cuello, pero era como una flor dormida. —¡Oh, no lo veo! —dijo Patilargo, con un suave ¡Estira-estira! de su cuello, que no era suficiente. El pasto se reía bajito, moviéndose como si bailara una chacarera.

Patilargo, el ñandú, estira su cuello como una jirafa para encontrar una muñeca.

Al día siguiente, la gauchita Sofía estaba muy, muy triste. ¡Había perdido su muñeca de trapo! La buscó entre las margaritas perezosas que bostezaban bajo el sol. Patilargo, que pasaba trotando, escuchó su llanto. Él quería ayudar. —¡A ver, a ver! —pensó, y esta vez su cuello se estiró un poco más, como una jirafa curiosa que busca las hojas más altas. ¡Crac-crac! hicieron sus vértebras con suavidad. Patilargo miró por encima del pastizal alto, ¡tan alto como yo!, pensó el Sauce Llorón. —¡Mmm, casi! —dijo Patilargo, con un sonoro ¡Estira-más! Su cabeza se movió de lado a lado, pero la muñeca se escondía bien, quizás entre las piedras silenciosas del viejo corral.

Patilargo, el ñandú, estira su cuello por completo y encuentra el barrilete azul.

Unos días después, el pequeño gauchito Pedro estaba desconsolado. Su barrilete azul se había enredado lejos, lejos, en la rama más alta de un quebracho viejo, justo al borde del campo. Patilargo vio sus lágrimas. Esta vez, algo brilló en sus ojos. Él no solo correría, ¡él vería! Su cuello se estiró y estiró, ¡más que nunca!, como un telescopio viviente que quería alcanzar las estrellas. Los pastos altos, que antes lo escondían, ahora eran bajitos para él. Con un alegre ¡Estira-guau!, Patilargo gritó: —¡Aquí está, Pedro! ¡Tu barrilete azul está en la rama! Las hojas del quebracho aplaudieron con un ruido suave. Patilargo descubrió que sus patas y cuello eran un regalo maravilloso, perfecto para ver todo y ayudar a los gauchitos a cuidar sus tesoros y la naturaleza. ¡Y yo, el viejo Sauce, solo sonreía!

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?