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Gotita Gota y la Aventura del…

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Portada de Gotita Gota y la Aventura del Cielo
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Gotita Gota y la Aventura del Cielo

Descubre la alegría de cada cambio y el poder de la gratitud.

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Una gotita de agua en un charco con el sol brillando sobre ella.

Yo soy Gotita Gota, una pequeñísima gotita de agua en un chispeante charco. Mi hogar era este, pero a veces, cuando el sol brillaba con mucha fuerza, me daba un miedito terrible. ¿Y si me evaporaba y desaparecía para siempre? ¡Qué pensamiento tan triste y solitario! Me aferraba a mis hermanas gotas, deseando que el sol no nos encontrara.

Pero un día, el sol, grande y dorado, vino a visitarnos. —¡Hola, Gotitas! —dijo con una voz cálida—. ¿No quieren conocer el mundo? Yo temblaba un poquito. ¿El mundo? ¿Qué significaba eso? Sentí un suave, suave calor. Una fuerza me empujó hacia arriba, lenta, lentamente. Era como un abrazo invisible que me elevaba, me elevaba. ¡Ya no estaba en el charco!

Gotita Gota feliz en una nube sobre un paisaje colorido.

¡Guau! ¡Estaba flotando! Me sentí ligera, como una pluma. Miré hacia abajo y vi el charco pequeñito, pequeñito. ¡Qué viaje más mágico! Estaba junto a otras gotitas, ahora éramos parte de una nube suave y blanca. —¿Adónde vamos? —pregunté a una gotita vecina. —¡A viajar por el cielo! —respondió—. Podemos ver uno campo verde, dos montañas altas, y tres ríos que brillan. ¡Qué emoción! El viento nos empujaba con dulces soplidos.

El viaje era una verdadera aventura. Volábamos sobre ciudades de juguete y bosques profundos. El viento susurraba historias de tierras lejanas, y yo me reía con el cosquilleo en mi cuerpo de nube. ¡Ya no tenía miedo! ¡Qué tonta fui al preocuparme! Este era un regalo, una oportunidad brillante para ver todo. Mi corazón se llenaba de una alegría nueva por cada vista que pasaba.

Gotita Gota cae como lluvia suave sobre una flor agradecida.

Después de un tiempo, sentí un cambio de nuevo. Ya no era un abrazo hacia arriba, sino una llamada suave hacia abajo. ¡Oh, iba a llover! Caí lentamente, suavemente, sobre una flor sedienta. —¡Gracias, Gotita! —dijo la flor, bebiéndome—. ¡Me salvaste! Entendí entonces que cada viaje tiene un propósito. No desaparecí, solo me transformé para ayudar. Así aprendí que el cambio puede ser una gran bendición, y que la gratitud por cada experiencia, por pequeña que sea, nos llena de verdadera felicidad.

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?