Pelayo tiene una misión importante: domar su único pelo negro.
Ese pelo es tan largo que da tres vueltas a su barriga y sobra para un lazo.
Sujeta un peine rojo, más grande que un paraguas, con sus manos de fideo.
Frente al espejo microscópico, Pelayo tira con todas sus fuerzas hacia abajo.
El pelo se estira como un chicle infinito y suena un elástico ¡PLOC! que hace vibrar sus orejas.
¿Se quedará quieto por fin?, piensa Pelayo con los ojos saltones.