En el perchero vivía Copito, un gorro de lana suave. Esperaba, siempre quieto, para abrigar. Pero un día, un ratoncito curioso asomó su nariz. Era Pipo, y sus ojitos brillaban de emoción.
La curiosidad de un amigo abre un mundo de alegría.
En el perchero vivía Copito, un gorro de lana suave. Esperaba, siempre quieto, para abrigar. Pero un día, un ratoncito curioso asomó su nariz. Era Pipo, y sus ojitos brillaban de emoción.
Pipo tiró con cuidado de un hilo de Copito. —¿Vienes a explorar, Copito? —susurró Pipo. Copito se deslizó al suelo. Juntos, fueron al jardín. El viento soplaba despacito. ¡Gira, gira, Copito, el viento te mece suave!
En el jardín, Copito sintió una brisa. Empezó a girar y girar. ¡Oh! Las hojas secas volaban hacia él. Se pegaban a su lana, como un pequeño carrusel. Unas mariquitas llegaron volando. —¡Qué divertido! —pió una mariquita roja.
Copito estaba muy feliz. Había descubierto un juego nuevo gracias a Pipo. Las mariquitas reían en su carrusel de hojas. Copito sentía gratitud por Pipo y el viento. Por la noche, volvió al perchero, cansado y contento, soñando con hojas y mariquitas. ¡Gira, gira, Copito, el viento te mece suave!
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