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El Botón Dorado de Sutón

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Portada de El Botón Dorado de Sutón
7 años 6 min

El Botón Dorado de Sutón

A veces, la mejor suerte es pedir ayuda y usar la imaginación.

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Sutón, un pequeño ser, tocando una telaraña brillante en un bosque.

Soy Sutón, el Musi-Colibrí, un ser diminuto con alas que vibran como pequeños arcoíris y un corazón que late al ritmo de cada melodía del bosque. Mi hogar es una nota perdida de una partitura antigua, pero mi aventura está aquí, en el Bosque Melodioso, donde cada hoja susurra una canción y cada gota de rocío brilla como una joya. Llevo mi diminuta chaqueta roja de director con un botón dorado muy especial, mi botón de la suerte. Hoy exploro el camino de las 18 piedras brillantes que llevan al Río Ruidoso, mi pequeña batuta de astilla de lápiz lista para hacer resonar el mundo. Toco una seta, y ¡ding! suena como un tambor de hadas. Toco una flor, y ¡plim! canta como un coro de grillos. Lo toco todo, lo escucho todo, lo disfruto todo.

De pronto, un destello me distrae. Una telaraña, tan fina como el pelo de un elfo, reluce con 18 gotas de rocío, cada una más brillante que la anterior. Me acerco, fascinado, mis ojos de ratón parpadeando con curiosidad. Mientras admiro el baile de luces, mis alas aletean suavemente, y siento un pequeño chasquido. No le doy importancia, tan inmerso estoy en el brillo y el bullicio de mi descubrimiento. Sigo mi camino, canturreando, hasta que una ráfaga de viento me hace sentir un frío inesperado en mi pecho. Miro mi chaqueta roja... ¡y mi botón dorado no está! Mi corazón da un brinco. Ay, ay, ay, ¡qué lío se me hace! Lo busco por aquí, lo busco por allá. Lo busco bajo las hojas, lo busco sobre la flor. Pero el botón, tan pequeño como una lenteja, parece haberse desvanecido como la niebla matutina.

Sutón preocupado en un tronco, hablando con un caracol sabio.

La preocupación me picotea como un mosquito juguetón. ¿Cómo voy a ser valiente sin mi botón de la suerte? Me siento en un tronco musgoso, mi batuta colgando inútil. De repente, veo a Don Caracólido, un caracol sabio con una concha que parecía un pergamino antiguo, deslizándose lentamente.

—Hola, Sutón —dice con su voz pausada—. ¿Por qué esa carita tan mustia, pequeño maestro de la música?

—¡Ay, Don Caracólido! —exclamo—. He perdido mi botón dorado, mi botón de la suerte. Ay, ay, ay, ¡qué lío se me hace! Lo busco con mis ojos, lo busco con mis manos. Lo busco con mi nariz, lo busco con mi corazón. Pero no aparece. Siento que mi creatividad se ha escondido con él.

—Mmm —medita Don Caracólido, moviendo sus antenas como si fueran varitas mágicas—. A veces, para encontrar algo, hay que mirar de otra manera.

—¿De otra manera? —pregunto, sintiéndome un poco menos perdido.

—Sí, Sutón. Dime, ¿qué es lo que haces mejor? —pregunta Don Caracólido.

—Hago cantar las cosas, las hago resonar —respondo, y por primera vez en un rato, mi batuta parece cobrar vida en mi mano.

—Exacto. Tu botón es metálico, ¿verdad? ¿Crees que podría hacer un sonido especial si lo tocas? O, si cayó, ¿rodó y chocó con algo? Podría haber dejado una pequeña nota en el aire. Cierra los ojos y escucha el bosque. Yo te ayudaré a buscarlo con mis ojos lentos pero atentos, mientras tú lo buscas con tus oídos mágicos. No siempre la suerte está en un objeto, Sutón, sino en la valentía de pedir ayuda y la chispa de tu imaginación.

Sutón sonríe feliz con su botón dorado de vuelta, junto al caracol.

Cierro mis ojos, respiro hondo y, con mi batuta, toco el suelo, el aire, las hojas. Ding... Plim... Tac... De repente, un sonido diminuto y metálico, como una campanilla de rocío, me llama desde un arbusto de bayas. ¡Clink! Ahí está, mi botón dorado, atrapado en una ramita baja, reluciendo como una estrella caída. No se había desvanecido, solo estaba esperando a ser escuchado. Con la ayuda de Don Caracólido, lo recupero y lo vuelvo a coser en mi chaqueta. Me siento fuerte de nuevo, no solo por tener mi botón, sino por haber usado mi creatividad y haber pedido ayuda. Miro a Don Caracólido, quien me sonríe.

—¿Ves, Sutón? A veces, la verdadera suerte es descubrir lo que puedes hacer con lo que ya tienes.

—¡Tienes razón! —exclamo, mi corazón rebosante de alegría—. Ya no me pregunto: Ay, ay, ay, ¡qué lío se me hace! ¡Ahora sé que puedo crear una solución!

Y así, Sutón, el Musi-Colibrí, siguió explorando, haciendo cantar el bosque, pero ahora con una sabiduría nueva, sabiendo que cada aventura es una melodía que espera ser descubierta, y que la ayuda es una nota hermosa en la gran sinfonía de la vida.

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?