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Alita y el Sueño de Volar

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Portada de Alita y el Sueño de Volar
3-7 años 5 min

Alita y el Sueño de Volar

Hasta lo más pequeño puede inspirar los sueños más grandes.

imaginación empatía resiliencia sueños noche
Alita, una pequeña pluma blanca, yace solitaria en el suelo de madera junto a la cama de un niño dormido, en una habitación con luz tenue.

Alita, una pluma suave y ligera, se sentía como un pequeño suspiro olvidado. Había caído de la almohada, un puf casi inaudible, y ahora yacía en el suelo de madera, junto a la cama del niño. Se sentía insignificante, solo un resto blanquecino, una brizna sin rumbo en el vasto mundo de la habitación. Mientras la luna asomaba por la ventana, Alita solo podía observar al niño dormir, con sus mejillas redondas y su respiración tranquila.

Alita la pluma se eleva suavemente hacia el rostro del niño dormido, quien empieza a sonreír levemente en su sueño, bañado por una luz cálida.

El aire de la habitación era suave, cálido, como un abrazo invisible. El niño dormía tan profundamente que su aliento creaba pequeñas corrientes, como ríos de aire que nadie más podía ver. Alita sentía esas corrientes acariciarla, un cosquilleo apenas perceptible en sus barbas. De repente, una ráfaga diminuta, un susurro de aire más fuerte, la levantó un poquito del suelo. Flotando, flotando, como un suave suspiro, Alita se elevó un instante, solo para caer de nuevo.

Pero la noche era mágica, y los sueños del niño empezaban a tejerse, grandes y luminosos. El niño soñaba que volaba, que sus brazos eran alas y que el cielo era suyo. Su respiración se hizo un poco más profunda, más rítmica, y un pequeño torbellino de aire se formó a su alrededor. Alita, como atraída por un imán invisible, sintió cómo ese aliento la impulsaba de nuevo. ¡Arriba! Flotando, flotando, como un suave suspiro, Alita subió, más alto esta vez, como una pequeña brizna de nube.

El niño duerme profundamente con una sonrisa radiante, mientras Alita la pluma flota con un suave resplandor sobre él, en una habitación iluminada por la luna.

Se acercó, suavemente, al rostro dormido del niño. Podía sentir el calorcito de su piel, el aire dulce que salía de su nariz. Y entonces, con una delicadeza que solo una pluma podía tener, Alita aterrizó justo en la punta de la naricita del niño. Era una sensación tan extraña, tan ligera, que el niño arrugó un poco su nariz, y luego... ¡Jijiji! Un pequeño sonido escapó de sus labios dormidos, y una sonrisa ancha y luminosa se dibujó en su rostro. En su sueño, ahora volaba más alto que nunca, entre nubes de algodón y estrellas brillantes.

Alita se deslizó de nuevo hacia la almohada, sintiéndose ahora fuerte y plena. No era un resto insignificante; era una guía silenciosa, una pequeña chispa que había encendido un cielo de imaginación. Mientras el niño seguía soñando con volar, Alita descansaba, sabiendo que, a veces, las cosas más pequeñas tienen el poder de inspirar los sueños más grandes. Y en la quietud de la noche, su propósito brillaba, como una pequeña estrella en la oscuridad, flotando, flotando, como un suave suspiro en el corazón de un sueño.

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?