La caja de Sofía siempre estaba cerrada, pero hoy la tapa bostezaba. Mateo estiró los dedos hasta que las puntas le picaron.
La caracola era fría y suave, como un caramelo de mar.
De pronto, el cristal se escurrió entre sus manos como si tuviera vida propia.
¡CRAC!
El sonido fue corto, seco y demasiado fuerte para un pasillo tan callado.