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Barnaby y el Té Tronador

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Portada de Barnaby y el Té Tronador
5-6 años 2 min

Barnaby y el Té Tronador

Un bocado pequeño para un ruido gigante

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Un tejón elegante con esmoquin muerde una galleta en un bosque tranquilo.

Barnaby el Tejón solo quería un momento de paz absoluta. Se ajustó su pequeño esmoquin, se colocó el monóculo y preparó una taza de té de manzanilla invisible.

Frente a él, el Estanque de los Susurros brillaba con un color turquesa profundo. Barnaby sostuvo su galleta de mantequilla con la punta de las garras y, con mucha elegancia, le dio un mordisco minúsculo.

¡CRRR-UNCH!

Por fin, un silencio delicioso, pensó Barnaby mientras saboreaba las migas doradas.

Tres ranas rosas infladas hacen un ruido enorme mientras el tejón se asusta.

Pero en el Bosque Chiflado, el silencio es una travesura escondida. Las Ranas-Eco, ocultas tras los juncos, inflaron sus gargantas de acordeón y atraparon el sonido del mordisco.

¡¡¡CRRRRR-UUUUUNCH!!!

El ruido rebotó en los árboles como un cañonazo de galleta. Barnaby dio un salto tan alto que su monóculo salió disparado hacia las nubes. De la impresión, su cucharilla de plata resbaló de la mesa y golpeó el agua con un metálico...

¡PLOC!

Miel dorada cae sobre la cabeza del tejón mientras las ranas saltan de alegría.

Las ranas no perdonaron el nuevo sonido y lo devolvieron multiplicado por cien. El estanque entero pareció explotar en mil burbujas gigantescas que hicieron temblar las ramas de los sauces.

Debido al temblor, un frasco de miel olvidado en una rama superior se tambaleó y cayó justo sobre la cabeza del pobre Barnaby. La miel, espesa y caliente, comenzó a chorrear por su hocico y a empapar su elegante esmoquin.

Esto no estaba en el protocolo del té, se lamentó el tejón mientras intentaba despegarse una pata de la oreja.

El tejón sopla un gran silencio que hace volar los sombreros de las ranas.

Barnaby, pegajoso y harto del estruendo, se puso de pie y respiró hondo para pedir silencio.

¡SHHHHHHH!

Las Ranas-Eco atraparon el soplido y lo convirtieron en un huracán que despeinó todo el bosque y mandó los sombreros de las ranas a volar por los aires.

Al ver a las ranas calvas y sorprendidas, Barnaby no pudo evitar soltar una carcajada pegajosa. Se sentó de nuevo en su cojín de musgo y, aunque estaba cubierto de miel, terminó de masticar su galleta mientras las ranas le devolvían una sinfonía de risas atronadoras.

¡Qué cuento tan bonito!

¿Qué aventura leemos ahora?