Barnaby el Tejón solo quería un momento de paz absoluta. Se ajustó su pequeño esmoquin, se colocó el monóculo y preparó una taza de té de manzanilla invisible.
Frente a él, el Estanque de los Susurros brillaba con un color turquesa profundo. Barnaby sostuvo su galleta de mantequilla con la punta de las garras y, con mucha elegancia, le dio un mordisco minúsculo.
¡CRRR-UNCH!
Por fin, un silencio delicioso, pensó Barnaby mientras saboreaba las migas doradas.