Tito caminaba con sus patitas cortas sobre el musgo fresco del bosque.
De pronto, entre dos margaritas, encontró un huevo de chocolate envuelto en papel rosa brillante.
Era tan liso y frío que Tito quiso llevárselo a casa para su merienda.
¿Cómo podré cargar algo tan grande y delicado?, pensó ajustándose sus pequeñas gafas redondas.
Extendió sus patitas para abrazar el tesoro, sintiendo el aroma dulce que escapaba del envoltorio.