Milo, un ratoncito de pelaje gris y bufanda amarilla, exploraba el corazón del bosque cuando encontró un brillo extraño.
Dentro de un tronco hueco, descansaba un huevo de color turquesa, tan grande que Milo no podía rodearlo con sus brazos.
Al tocarlo, sintió la superficie fría y lisa contra sus patitas rosadas.
—Es el huevo más bonito que he visto nunca —susurró Milo para sí mismo.
Si pudiera llevarlo al Gran Cesto del roble antiguo, todos estarían muy felices.